Columna de Tayde González Arias. En opinión del autor, los principios constituyen la base fundamental para la formación de ciudadanos responsables y para el fortalecimiento de la vida social.
Cuando los cimientos de la casa están bien hechos, no hay riesgo de que se pueda derrumbar fácilmente; sin embargo, al no haber buenas bases en una construcción o en una persona, organización o equipo, al mínimo movimiento sucederá como en el cuento de “Los tres cerditos”, que cuando el lobo sopló, derribó las casas del pequeño y el mediano, mientras que la del mayor, al tener mejor material, permaneció de pie.
En la construcción de una casa, como en la formación del sujeto, es básico y necesario tener una buena base que sostenga las paredes y el techo, y los principios y la buena vida. Se hace esta comparación por lo práctico e ilustrativo que resulta imaginar al constructor colocando cada una de las rocas que sostendrán los ladrillos, lo mismo que una madre, un padre o los abuelos guiando al crío; lo primero para gozar de buen techo y lo segundo, más importante aún, lograr ser ciudadanos con una forma honesta de vivir.
Debido a las necesidades, sobre todo económicas, que han prevalecido en los últimos años en los hogares mexicanos (aunque siempre se le ha sufrido), y a un nuevo régimen de estructura familiar, las mujeres han tenido que salir a laborar, ya sea por voluntad o de manera forzada. Se ha visto afectada la formación de los hijos y sus bases de principio mermadas, al grado de ver prácticamente en todas las edades actitudes malcriadas, deshonestas e inhumanas. Valdría la pena replantear el papel que juegan los amigos, la escuela y la sociedad frente a la autoformación del hombre y la mujer de este tiempo.
La familia como origen de los principios
Es claro que una de las debilidades sociales es la falta de principios, los cuales se adquieren en el seno de la familia. Se pueden reforzar en la escuela o en los círculos sociales a los que pertenezcamos, pero el lugar de donde nacen, el núcleo desde donde surgen, es la casa. La tarea de los padres va más allá del acto invaluable de dar vida, pues formar ciudadanos de bien con bases sólidas garantiza el verdadero provecho para sí y para los demás del hijo o hija.
Es difícil encontrar una respuesta al porqué de las conductas inhumanas y alejadas del buen samaritano que no tenga relación con la falta de principios inculcados al hombre.
Los buenos principios son la cura a muchos de los males que nos aquejan, pues una buena dosis de lealtad impide que se vendan voluntades o se cambie de partido a conveniencia; una cápsula bien administrada de humanidad fomenta en el sujeto la solidaridad frente a la tragedia ajena, y una receta repleta de sinceridad inhibe la hipocresía que tanto crece y daña la sana convivencia social.
Principios, política y responsabilidad social
El hombre o la mujer de principios es alguien que pondera y piensa en sí y en los otros; no es alguien egoísta o soberbio, ni tampoco es el bárbaro o canalla, sino alguien que se entrega y ama al prójimo como a sí mismo. Más allá de meras parábolas, frases hechas o clichés, la cotidianidad deja ver a aquella o a aquel que acepta vivir sin corrupción, sin dañar al medio ambiente o a su cuerpo, pues sabe que lo que nos rodea tiene una razón de ser y, como tal, debe procurarse su existencia.
De entre las áreas que, por afectar directamente a los demás, deberían revisarse sus bases y sus principios, está la política, porque si no hay principios que fundamenten una ideología, entonces no hay lucha que valga para ninguna campaña; y si solo se hace trabajo político para tener afiliados, para ganar posiciones o para ostentar el poder, entonces eso es tan vacío como cualquier envase al acabarse su producto.
Los principios nos diferencian de los animales, especialmente los razonables y ciertos, una vez que somos capaces de obrar en buena lid y procuramos el progreso interno y externo para facilitarnos la vida propia y la de los otros. Deberíamos realizar trabajos de introspección para ubicar cuáles son nuestras cualidades éticas y morales y, conforme a ello, identificar qué estamos dando al mundo para que las cosas marchen mejor y, en caso de que no encontremos aportación alguna, cavar en nuestra conciencia para generar una ruta que nos permita plantearnos una forma de vida que haga que no pasemos por ella sin hacer algo por el planeta, por nosotros y por los demás hermanos habitantes de la Tierra.
