La inflación es el aumento generalizado y continuo de los precios de los bienes y servicios de una economía a lo largo del tiempo. Cuando este fenómeno ocurre – que siempre sucede en nuestra época –, cada unidad de moneda se deprecia, lo que significa que el dinero pierde poder adquisitivo y con la misma cantidad se pueden comprar menos cosas que antes.
La tasa de inflación anual en México se ubicó en 3.62 por ciento en la primera quincena de octubre del presente año. Aunque este indicador se mantiene dentro del rango objetivo del Banco de México, representa una tendencia al alza presionada principalmente por los costos de energía o electricidad, transporte aéreo y algunos productos agropecuarios como el tomate verde y la calabacita.
Los economistas clasifican la inflación según la velocidad de su incremento: moderada, incrementos lentos, estables y previsibles en los precios; galopante, los precios aumentan a tasas de dos o tres dígitos en un año, descontrolando la economía; hiperinflación, una subida extrema y destructiva que supera el 50 ciento mensual, provocando el colapso del sistema monetario, y subyacente, indicador clave para los bancos centrales que excluye los productos con precios volátiles – como alimentos frescos y energía – para medir la tendencia real de los precios a mediano plazo.
Durante el sexenio de Miguel de la Madrid, de 1982 a 1988, México registró la inflación más alta de su historia moderna, con un acumulado total de 4,030.7 por ciento a lo largo de sus seis años de gobierno. El promedio anual del indicador se situó en 85.93 por ciento; su punto máximo fue en febrero de 1988 cuando la inflación interanual llegó a 179.73 por ciento.
Recuerdo aquella época; fue muy grave para los mexicanos porque los precios aumentaban prácticamente a diario. Ante el encarecimiento constante de la canasta básica, el gobierno optó por congelar los salarios nominales como medida de contención; eso provocó que el salario mínimo perdiera un 52 por ciento de su poder adquisitivo real, lo que causó que más de la mitad de la población transformara su condición de clase media a pobreza y de pobreza a pobreza extrema.
Esa crisis hiperinflacionaria estuvo marcada por factores estructurales heredados, devaluaciones masivas de la moneda y severos planes de ajuste económico. Por fortuna ya no ha ocurrido un fenómeno similar como aquella ocasión, aunque sabemos que nuestros gobiernos no han sido los mejores que podamos tener.
La percepción social de la inflación
Sin embargo, siempre tenemos la percepción de que la inflación es más alta que las cifras oficiales debido a factores psicológicos, diferencias en los hábitos de consumo y la forma en la que se calculan los promedios macroeconómicos. Las personas recordamos mucho más los aumentos de precio que las bajadas o la estabilidad. Por ejemplo, si el café, la carne o el transporte suben, el impacto emocional y mental es inmediato, mientras que los precios que se mantienen igual pasan desapercibidos.
La impresión de “carestía” no sólo mide el precio del producto, sino cuánto esfuerzo o porcentaje del salario se destina a pagarlo. Si los precios crecen más lento que los productos de primera necesidad, la inflación se siente mucho más severa de lo que indica el porcentaje agregado del Índice de Precios al Consumidor.
Eso así, cada vez estamos más alejados de la letra de aquella canción llamada Mira, Bartola – cuyo título oficial es Peso sobre Peso –, del compositor y cantante mexicano Chava Flores, lanzada originalmente en 1950, y que habla de que con dos pesos se podía pagar la renta, el teléfono, la luz, sobraba para el gasto y para un alipús.















